Cuando el salario sube, pero la comida se aleja. El gobierno presume el aumento al salario mínimo. Y sí, en el papel, el ingreso ha crecido de forma importante desde 2018. Pero hay otra realidad que no cabe en los discursos del gobierno: la del mercado. Porque mientras el salario sube, la canasta básica también lo hace y en muchos casos, más rápido. Ahí están ejemplos que cualquier familia reconoce: la cebolla, el frijol, el chile, la tortilla. Productos básicos que hoy cuestan mucho más que hace unos años. No es percepción, es el ticket del súper. Entonces, la pregunta no es, ¿Cuánto ganas, sino para cuánto te alcanza realmente? Y ahí es en donde la narrativa empieza a tambalearse. Porque el poder adquisitivo no se mide en pesos, se mide en lo que puedes comprar con ellos. Ahora bien, ¿Por qué suben los precios? La inflación es un factor evidente. Pero no es el único. También están los costos logísticos, el precio de los combustibles, las cadenas de suministro y en muchas regiones, un problema que se dice en voz baja, pero se paga en voz alta: la inseguridad. Cuando transportar mercancía implica riesgo, cuando hay robos en las carreteras o presiones indebidas a los productores y a los comerciantes, esos costos no desaparecen, se trasladan y terminan en el precio final. Aquí no se trata de simplificar ni de culpar a un solo factor, pero sí de entender que el bienestar no se decreta: se construye con condiciones reales. Porque de poco sirve ganar más, si cada visita al mercado confirmas que te alcanza para menos. Al final, la pregunta es sencilla y directa: ¿Hoy compras más o compras menos que antes? Porque esa respuesta, más que cualquier discurso, define la realidad económica de millones…
Infodemia, errores y preguntas incómodas. El titular de Infodemia ofreció una disculpa pública durante la llamada “Mañanera del Pueblo” tras reconocer que difundió información incorrecta al descalificar como falsos unos videos que circulaban en las benditas redes sociales. Error admitido, punto a favor. También hubo una segunda disculpa por un fragmento “descontextualizado” relacionado con la llamada “Ley Valeria”. El mensaje oficial fue claro: reconocer fallas y mejorar los procesos de verificación. Hasta ahí, todo bien. Pero en política -y más cuando se trata de información oficial- el problema no es solo equivocarse, sino equivocarse desde una posición de autoridad. Porque cuando una instancia creada para combatir la desinformación termina corrigiéndose públicamente, la pregunta ya no es si hubo error, sino qué tan confiable es el filtro. Y ahí entra el otro ángulo, el incómodo. Los videos que inicialmente se descalificaron mostraban a una mujer aparentemente tomando el sol desde una ventana de Palacio Nacional. Tras la disculpa, queda claro que el tema no estaba del todo cerrado como se quiso presentar. Y entonces surge la pregunta que nadie responde del todo: ¿Quién era y qué hacía ahí? Porque más allá del morbo, hay un asunto de fondo: Palacio Nacional no es un espacio cualquiera. Es un edificio público, símbolo del poder ejecutivo y, en teoría, patrimonio de todos los mexicanos. La duda no acusa, pero tampoco desaparece sola. Y en tiempos donde la narrativa oficial busca marcar la agenda, cada error abre una rendija, por donde se cuela la desconfianza. Al final, el gobierno reconoce el fallo. La ciudadanía toma nota. Pero las preguntas, esas siguen asoleándose…
Texcoco vs Dos Bocas: decisiones que no dejan de hacer ruido. La pregunta es por demás que incómoda pero inevitable: ¿Cómo es que se canceló el aeropuerto en Texcoco argumentando, entre otras cosas, problemas del terreno -incluyendo inundaciones- y, al mismo tiempo, se impulsó una refinería en una zona como Dos Bocas, conocida por sus condiciones húmedas y propensas a anegaciones? El Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco fue descartado bajo la narrativa de costos, de corrupción y de viabilidad técnica. La Refinería de Dos Bocas, en cambio, se defendió como un proyecto estratégico para la soberanía energética. Dos proyectos, dos decisiones y dos discursos. Porque si el argumento es técnico, debería al menos de ser consistente. Y si es político, entonces que se diga con todas sus letras. Lo cierto es que ambos casos comparten algo: cuestionamientos sobre el terreno, los sobrecostos y la viabilidad a largo plazo. La diferencia está en el momento político y en quién toma la decisión. Ahí es donde la discusión deja de ser ingeniería y se vuelve narrativa política. Porque en México, más que cancelar o construir obras, lo que parece cambiar es la justificación. Y entonces la pregunta no es solo técnica, sino de coherencia: ¿Se trató de evitar un riesgo o de cambiar de proyecto? Porque cuando las decisiones públicas no se explican con claridad, la duda no solo persiste, sino que crece…

