Columna Periodística -Sin Redundar- Por Carlos Avendaño 12 Agosto 2026
La política del “ahí se ven”. En México ya no sorprende que un político pida el voto prometiendo servir al pueblo. Lo verdaderamente sorprendente sería que terminara el encargo para el que fue elegido. Veintinueve legisladores de MORENA dejaron el Congreso para irse en busca de una candidatura rumbo a las elecciones de 2027. La explicación oficial es impecable: evitar mezclar el trabajo legislativo con la campaña. Muy bien. Pero lo que nadie explica es por qué el ciudadano debe quedarse a medio camino con representantes que decidieron cambiar de objetivo antes de concluir la misión que se les encomendaron en las urnas. Porque una cosa es separarse del cargo para respetar las reglas electorales y otra muy distinta es convertir los puestos públicos en escalafones desechables de una carrera política permanente. La política mexicana parece una competencia de relevos en donde nadie quiere correr la distancia completa. Apenas calientan la curul cuando ya están viendo la siguiente fotografía, el siguiente cargo, la siguiente boleta, el siguiente presupuesto. El Congreso termina funcionando como una sala de espera, se llega, se toma protesta, se preside una comisión, se presentan algunas iniciativas -o ninguna-, se presume el trabajo en las benditas redes sociales, y cuando aparece una candidatura más atractiva, simplemente se levanta la mano para pedir licencia. Como si el mandato ciudadano tuviera cláusula de cancelación sin penalización. Pero aquí lo irónico es que los ciudadanos sí están obligados a cumplir. Si un trabajador abandona su empleo sin concluir sus responsabilidades, hay consecuencias. Si un estudiante deja la carrera a la mitad, pierde tiempo, dinero y estudio. Pero en la política, dejar inconcluso el cargo suele convertirse en un mérito curricular. La defensa será que la ley lo permite ciertamente, pero no todo lo legal es éticamente ejemplar. También era legal cambiar de partido cada elección hasta convertir la ideología en una membresía temporal, también es legal prometer más de lo que se puede cumplir. La legalidad marca el mínimo; la responsabilidad debería aspirar al máximo. La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones, sino que también implica honrar el compromiso adquirido con quienes depositaron su confianza en las urnas. Cada licencia anticipada envía un mensaje preocupante: el cargo que el ciudadano consideró importante resulta ser, para algunos, apenas un trámite rumbo al siguiente ascenso. Y no es un fenómeno exclusivo de MORENA. Sería intelectualmente deshonesto fingir que los demás partidos tienen las manos limpias. El chapulineo político se ha convertido en una tradición nacional. Cambian los colores, cambian los discursos y cambian los logotipos, pero la tentación de abandonar el barco antes de llegar al puerto sigue siendo la misma. Quizá ha llegado el momento de discutir una pregunta incómoda: ¿Debería quien abandona voluntariamente el cargo para buscar otro tener la posibilidad de regresar como si nada hubiera pasado? Porque el voto ciudadano no debería funcionar como un boleto con entradas y salidas ilimitadas. Al final de cuentas la política mexicana sigue padeciendo el mismo mal de siempre, sobran aspirantes a ser candidatos y escasean los servidores públicos dispuestos a terminar el trabajo para el que fueron elegidos. Y mientras el cargo siga siendo un trampolín y no un compromiso, el ciudadano seguirá siendo el único que nunca puede pedir licencia de las consecuencias…
¡Qué bonita familia! Como diría el inolvidable Ponpín Iglesias. Y vaya que la frase parece escrita para la política sinaloense, en donde los apellidos tienen más continuidad que los proyectos legislativos. Ahora llega al Congreso de Sinaloa, Mirna Luz Lora Aguilar, quien asume una curul conforme al procedimiento previsto por la ley. Hasta ahí, nada que objetar, porque el mecanismo constitucional existe y se aplicó. Pero, lo interesante comienza cuando aparecen los apellidos. Porque en política los apellidos pesan, arrastran prestigios y también antecedentes políticos que difícilmente se borran de la memoria colectiva. La ciudadanía recuerda quién es quién y de dónde viene cada quien. MORENA nació prometiendo desterrar el viejo régimen, combatir el influyentismo, acabar con las élites políticas y abrirle paso a una nueva generación de servidores públicos. El discurso era primero los principios y después los compadrazgos. Pero la realidad suele ser menos romántica. Resulta que la famosa transformación, en más de una ocasión, ha terminado transformando únicamente el color de la camiseta. Los apellidos siguen circulando por los mismos pasillos, las familias continúan encontrando espacios en el poder y las redes políticas conservan una sorprendente capacidad de supervivencia. Porque la política mexicana tiene una cualidad extraordinaria: recicla más rápido que cualquier programa ambiental. Lo que ayer era símbolo de los excesos del pasado, hoy puede convertirse en aliado estratégico. Lo que antes era criticado con vehemencia, hoy recibe el beneficio de la duda, siempre y cuando vista los colores correctos. No se trata de juzgar a nadie por ser sobrino, hijo, primo o hermano de un político. Cada persona responde por sus propios actos. Pero tampoco puede pedírselo a la sociedad que padece amnesia selectiva cuando ciertos apellidos vuelven a ocupar espacios públicos. La verdadera transformación no consiste en cambiar logotipos ni en pintar de guinda las viejas prácticas. Consiste en demostrar, con hechos, que el acceso al poder depende del mérito y no del árbol genealógico. Porque al final, los partidos cambian de discurso, cambian de colores y cambian de dirigentes. Los apellidos, estos casi siempre encuentran la manera de quedarse. Y mientras esto ocurra, habrá ciudadanos que, al ver cómo se reparten nuevamente las posiciones entre los mismos círculos políticos, no podrán evitar repetir aquella frase inmortal de Ponpín Iglesias: “¡Qué bonita familia!” …

