Columna Periodística -Sin Redundar-
Por Carlos Avendaño 14 Agosto 2026
El T-MEC no se rompe, pero ya empezó a crujir. En las negociaciones internacionales, las amenazas rara vez son gratuitas, y los silencios, mucho menos. La señal enviada desde Washington sobre el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, no significa que mañana se cierren las fronteras comerciales ni que las fábricas apaguen sus máquinas. Esto sería una exageración, pero tampoco sería un asunto menor. Cuando la principal economía del mundo deja entrever que no está convencida de extender el acuerdo en los términos actuales, lo que realmente pone sobre la mesa no es una ruptura inmediata, sino que genera incertidumbre. Y vaya que los mercados detestan la incertidumbre. El T-MEC no desaparecerá de la noche a la mañana, las exportaciones seguirán cruzando la frontera, las armadoras continuarán ensamblando vehículos y las empresas mantendrán sus operaciones. Sin embargo, el reloj político y económico ya comenzó a correr. Estados Unidos quiere revisar las reglas, quiere elevar el contenido regional, quiere cerrar espacios que considera utilizados para eludir el espíritu del tratado, y quiere que América del Norte dependa menos de los proveedores externos, particularmente de Asia. Desde esta perspectiva, tiene lógica, pero surge la pregunta de si México está preparado para esta nueva negociación, porque aquí es donde comienza el verdadero desafío. No basta con confiar en que el tratado sobrevivirá, hay que llegar a la mesa con una estrategia sólida, con instituciones confiables, con certeza jurídica, con energía suficiente para la industria, con infraestructura competitiva, y con un clima de seguridad que incentive nuevas inversiones. De poco o de nada sirve el tener acceso preferencial al mercado más grande del planeta si los inversionistas perciben riesgos para instalar o ampliar sus operaciones. El impacto potencial va mucho más allá de las cifras del comercio exterior. Hablamos de la industria automotriz, de las autopartes, de la manufactura, de las cadenas de suministro, de miles de empresas exportadoras, y de millones de empleos que dependen, directa o indirectamente, de la integración económica de América del Norte. Por esto minimizar las señales enviadas desde Washington sería un error garrafal, pero también lo sería caer en el catastrofismo. Las negociaciones comerciales suelen comenzar con posiciones duras. Cada país eleva el tono, cada gobierno busca obtener ventajas, cada parte intenta llegar a la mesa con mayor capacidad de presión, porque todo esto forma parte del juego diplomático. Lo meramente importante es cómo termina la partida. México todavía tiene margen para negociar, cuenta con una economía profundamente integrada a la estadounidense, las cadenas productivas de ambos países son tan estrechas que una ruptura tendría costos para todos. Precisamente por esto, el reto no es adivinar si el T-MEC sobrevivirá, sino que el verdadero reto es preguntarnos: ¿Si México llegará fortalecido a la negociación o si llegará defendiendo lo que pudo haber corregido desde hace tiempo? Porque los tratados comerciales no fracasan únicamente por decisiones políticas, también se debilitan cuando un país deja de ofrecer confianza, y esta confianza no se decreta, se construye. La buena noticia es que aún hay tiempo, la mala es que el reloj ya dejó de estar detenido, y en economía como en política, quien llega tarde a negociar, normalmente termina aceptando las condiciones de quien llegó primero. Al tiempo y contando estimado lector…
La política del trapecio, sin red de protección. En la política sinaloense ya no hay ideologías, sino que hay mudanzas. Los principios duran menos que un funcionario en un gabinete en donde la permanencia depende más del humor del jefe que de los resultados. Hoy un político amanece como el gran salvador del estado y por la tarde ya está empacando sus cuadros familiares porque descubrió que la lealtad institucional tiene fecha de caducidad. Aquí los nombramientos son como las historias de Instagram: desaparecen en 24 horas o antes, si alguien más cercano al poder se le ocurre levantar la mano. Existen funcionarios que han ocupado tantos cargos en tan poco tiempo que ya no presentan currículum, sino que presentan itinerario. Van brincando de oficina en oficina con la elegancia de un trapecista. Aunque el problema es que hace mucho olvidaron que el espectáculo consistía en gobernar y no solamente en aterrizar en donde hubiera presupuesto. Mientras tanto, los problemas reales siguen puntualmente en su puesto: la inseguridad nunca pide licencia, la economía no renuncia, la infraestructura no cambia de dependencia, las carreteras siguen llenas de baches y los hospitales continúan haciendo milagros con presupuestos de sobrevivencia. Pero eso sí, el carrusel de funcionarios gira con una eficiencia digna de un parque de diversiones. La nueva especialidad del servicio público parece ser la rotación de escritorios, porque cambian de oficina como si el simple cambio de placa en la puerta resolviera los problemas que dejaron pendientes en la anterior. Y luego aparecen los discursos oficiales, en donde todo marcha “históricamente bien”. Si uno escuchara únicamente los boletines gubernamentales pensaría que Sinaloa ya compite con Suiza. El único inconveniente es que los ciudadanos insisten en salir a la calle y comprobar la realidad. La propaganda tiene una virtud extraordinaria: convierte cualquier fracaso en “reingeniería institucional”, cualquier despido en “ajuste estratégico” y cualquier crisis en “áreas de oportunidad”. Es el diccionario en donde perder significa avanzar y en donde retroceder es simplemente cambiar de dirección. En este gobierno abundan los especialistas en administrar percepciones, aunque escasean los expertos en resolver problemas. Porque una fotografía inaugura una obra, pero no tapa un bache, un video en las benditas redes sociales no sustituye una política pública, y una conferencia de prensa jamás ha curado un hospital ni ha llenado el bolsillo de una familia. Aquí lo meramente preocupante no es que cambien funcionarios, esto ocurre en cualquier democracia. Lo meramente alarmante es que los problemas permanecen inmóviles mientras los responsables se reciclan con la velocidad de una banda transportadora. Quizá el verdadero programa de gobierno sea este: mover personas para que parezca que algo se mueve. Al final de cuentas, el ciudadano ya entendió el truco. No importa quién ocupe el escritorio, si el escritorio sigue produciendo exactamente los mismos resultados. Porque cuando el poder cambia de manos, pero nunca cambia de rumbo, la política deja de ser un ejercicio de gobierno y termina siendo simplemente una competencia de supervivencia entre quienes buscan permanecer cerca del presupuesto. Y mientras ellos siguen jugando a las sillas musicales, los ciudadanos continúan pagando la música…
Refrigeradores primero, vacunas después. Hace algún tiempo dijo la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo que se invertirán 1,500,000 millones de pesos en refrigeradores. La razón, sería estar preparados para cuando la famosa “Vacuna Patria” llegue a estar lista. Y entonces surge la pregunta que nadie en el discurso oficial parece tener prisa por responder: ¿Cuándo estará lista la afamada vacuna Patria? Porque en política pública existen decisiones preventivas, y luego, están las apuestas a futuro que parecen más actos de fe que de planeación. Comprar refrigeradores sin vacuna, es como comprar paraguas en pleno desierto, con la promesa de que lloverá algún día. La “vacuna patria” lleva años siendo mencionada como símbolo de soberanía científica, de independencia tecnológica y de orgullo nacional. Pero en la práctica, ha sido más constante en el discurso que en los resultados visibles. Y no es que prepararse esté mal -al contrario-, el problema es el orden de las prioridades. Porque aquí no estamos hablando de un pequeño ajuste logístico, sino de una inversión monumental que, de momento, se sostiene sobre una incógnita. Preguntas obligadas: ¿Existe ya una fecha concreta? ¿Hay avances verificables? O ¿Estamos frente a otro proyecto que vive mejor en el anuncio que en la realidad? Porque si algo ha demostrado la política mexicana -de ayer y de hoy- es su fascinación por adelantarse al aplauso antes que al resultado. Primero se compra la vitrina y luego vemos si llega el producto. Y claro, siempre queda el beneficio de la duda. Tal vez la vacuna está a la vuelta de la esquina, tal vez los refrigeradores sí tendrán pronto algo que conservar, pero mientras estos “tal vez” no se convierta en certeza concreta. La escena se mira difícil de ignorar: “un gobierno invirtiendo en el frío, mientras la respuesta sigue tibia”…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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